
Cuando la realidad de la cruz invade tu vida y la verdad, la absoluta verdad de lo que es el sacrificio de Jesús, te pega hasta los huesos, te cambia, y cambia toda tu manera de ser, actuar, pensar y vivir.
Cuando ves todos tus fracasos, cada vez que has ofendido a Dios y estás cara a cara con tus pecados, cuando el veredicto está a punto de ser dicho, Jesús se levanta delante de todo el tribunal y toma tu lugar.
Cuando el acusador comienza a gritar todos tus pecados: adultero, fornicario, mentiroso… Jesús responde “Yo soy el adulterio, Yo soy el fornicario, yo soy el mentiroso”. Es entonces cuando Jesús voltea a verte, fija sus ojos sobre ti y te dice: tus pecados son perdonados, la cuenta ha sido soldada, no hay nada por que se te acuse, no hay más culpa en ti…
¿Qué puedes respondes a esto? ¿Qué respuesta puede existir? No se tu, pero a mi no me quedan ganas de pecar, ya no quiero hacer lo que a mi me place, lo único que pienso es en ser un altar de adoración a Jesús; todo lo que quiero es ofrecer mi ser completamente para ¡agradarle y vivir por él!
“él cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.” Romanos 4:25
Enrique Bremer Carrillo